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Débora Dricas
CABA - Argentina
Asisto a talleres de escritura creativa dede hace muchos años. Además pinto y soy odontóloga
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Mi abuela Elena
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Últimos comentarios de este Blog

25/07/10 | 13:35: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
Hola, desgarrante testimonio, por el final, pero lo que contas de chicos es tan parecido a mi historia tambien tengo un hermano cinco años mayor, y debia jugar a lo que el quria, y me asustaba y jugaba al futbol, por lo demas MI MEMORIA SIEMPRE estara con ellos, son muy duros estos relatos para los que quedamos te mando un beso
25/07/10 | 06:20: Malena(mails que jamás serán leídos) dice:
Mi corazón y la MEMORIA con todos esos Patos . Bello y doloroso recuerdo. Te abraza: MALE.-
24/07/10 | 19:29: alejandro romero ( letras al azar) dice:
Impresionante y dolorosa historia. impresionante y doloroso texto
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La técnica y el hombre actual La técnica y el hombre actual


Es cierto que algunos valores clásicos han cambiado, siendo lógico que esto sucediese ante tantas va... Ampliar

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Mi abuela Elena



 

Tengo una emoción atravesada en la garganta.

Es un mediodía soleado de abril. Después de tanta lluvia, estamos reunidos para decirle adiós a mi abuela Elena, Elena Perelstein viuda de Federovsky.

Yo que no creo en nada, escucho las palabras del rabino muy atenta. Me asombra que sin conocerla y con unos pocos datos que le dimos previamente, pudo hablar en forma improvisada de ella como si la hubiese conocido de toda la vida.

Mi mano sorpresivamente se mueve y toma una piedra y la deposita sobre la tierra.

 

A mi abuela la tendré siempre presente con su vestido largo, oscuro, prendido con botones en el medio, su pelo en dos trenzas que enmarcan su cabeza, otras veces con un rodete fijado con dos peinetas y horquillas.

-¡No podes estar allí, algún vecino te puede tirar algo y lastimar!-me decía casi a los gritos parada frente a mí, señalando los edificios de alrededor. Yo tendría dos o tres años, y estaba jugando con una cocinita en el jardín de la casa de Bulnes.

 

Elena nació el 5 de octubre de 1902. Fue la cuarta hija de ocho hermanos, de una familia de inmigrantes judíos, que llegaron de Rusia en el tercer barco del barón Hirsh. Sus padres, se conocieron en ese viaje, allí se casaron. Ya en la Argentina, se establecieron en la provincia de Entre Ríos. El papá era colérico, capaz de agarrar el mantel y tirar al suelo todo lo que estaba encima de la mesa. También era muy mujeriego. La mamá recibía cartas anónimas donde le contaban de las aventuras amorosas de su marido. Como era analfabeta, Elena se las leía y se afligía mucho porque la sentía muy sola.

Mi abuela hizo apenas algunos grados del primario, hasta tercero, en la escuela del pueblo. Luego sus padres contrataron maestras particulares.

-Hay que estudiar, hay que ser alguien- solía repetir Elena. Ella hubiese querido ser escritora, como Alfonsina Storni, Juana de  Ibarbourou o Gabriela Mistral. Muy mayor yo la veía copiar en un cuaderno las noticias que leía de los diarios, las que más le había gustado, como si estuviera haciendo la tarea para la escuela, con letra cursiva y muy prolija, pegando las ilustraciones correspondientes.

 

Dos de sus hermanos fueron a estudiar Medicina a Buenos Aires, su hermana menor fue pupila a una escuela secundaria, porque no la aguantaban en la casa, se portaba muy mal. Y Elena que siempre soñó casarse con un morocho de ojos celestes e instruido, fue a la capital a buscarlo, cuando cumplió dieciocho años. En un baile del Palais de Glace, conoció al que iba ser el amor de su vida, Isaac. Con él se casó y tuvieron tres hijos, Nicha, Dodi y Nancy mi mamá.

Vivieron en un petit hotel del barrio de Palermo, en la calle Bulnes, que mi abuelo hizo construir eligiendo ladrillo por ladrillo. La casa era enorme, de dos plantas con jardín y hamacas. Después de más de veinte años de casados, ella quedó viuda joven y con el retrato del marido que te recibía cuando entrabas. Era una foto coloreada, donde podías apreciar su tez blanca y el azul profundo de sus ojos.

En la casa de Bulnes, viví con ella y mi familia durante veinticinco años. Cuando conocí la casa, estaba arruinada por la desidia y las dificultades económicas. Juntas interpretábamos las manchas de humedad de las paredes, les dábamos forma de caballos alados, peces y en otras ocasiones montañas con laderas encrespadas.

 

-Mira, tenés que hacer la puntada que te quede lo más prolija posible, de tal modo que no se note de la parte de atrás de la tela- me mostraba cuando me enseñaba a bordar. También aprendí con ella a tejer al crochet. Empezamos una colcha de cuadrados multicolores, que quedaron desparramados por la casa, sin ensamblar. Por las noches nos quedábamos hasta tarde mirando televisión, y luego me llevaba a caballito al baño para lavarme las orejas y los dientes, antes de irme a dormir. Me regalaba muñecas negras para que no discrimine. Le impresionó mucho la muerte de Martin Luter King. Los primeros libros que recuerdo haber leído me los recomendó ella, biografías de Abraham Lincol, Sthefan Sweig y Geoges Sand.

 

-¡Cuándo se entere tu mamá de lo que hiciste me va a querer matar!-No lo podía creer cuando se enteró que sin consultarla, me había subido a un paracaídas remolcado por una lancha, en la costa de Acapulco, México. En ese momento yo tenía diecinueve años y ese fue el segundo de los tres viajes que hicimos juntas. En el primero fuimos a Bolivia ya Perú, llegamos hasta la selva peruana, al nacimiento del río Amazonas, en Iquitos. El segundo, Guatemala y México, y el tercero con casi ochenta años, visitamos Marruecos y recorrimos el sur de España. Fueron tres viajes maravillosos, era más divertido viajar con ella que con mis padres. No se sabía quien acompañaba a quien. Los destinos fueron elegidos por mí, algunos ya los había visitado como Machu Pichu, las ruinas Mayas o las mezquitas árabes.

 

En estos momentos la estoy viendo en sus últimos años, viejita, muy arrugadita, subiendo y bajando las escaleras de Bulnes, mirando las plantas del jardín, todavía sorprendida por la visita de los picaflores al farolito chino.

Deposito una piedra más en su tumba. Vuelvo por otro camino, que me parece que tiene el recorrido de los arabescos de sus peinetas, para encontrarme con su mirada inquisidora.

 


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